Torregar

Carne y memoria: cuestión de identidad

Miguel Á. Hernández-Navarro

 

……..Como digo, habría que leer la obra de Torregar al revés. O quizá al derecho, como si lo que el artista estuviera haciendo fuese, en el fondo, un proceso de deconstrucción y análisis de la complejidad de lo humano. A partir de los rostros de los ancianos, Torregar va entresacando toda la serie de elementos que los componen: la idea de la máscara, el paso del tiempo, la construcción de la identidad, la preservación, y la propia noción de cuerpo, el soporte básico del individuo.

Según esta lectura, carne y memoria serían dos elementos claves la poética con la que Torregar se enfrenta a sus composiciones. Composiciones que, como se ha aludido más arriba, ya no responden a un estilo predeterminado o ni siquiera a un medio específico. Como crítico de arte, si me preguntaran qué hace Torregar, ya no podría decir “pinta” o “esculpe”, sino “reflexiona”. Reflexiona y hace reflexionar, pues otra cosa central a su poética es la transmisión al espectador de esa inquietud acerca de quiénes somos, cómo hemos llegado a ser y cuánto tiempo seguiremos siendo. Ante esta obra, el espectador se siente realmente perturbado, inquietado ante unas imágenes que ponen cuestión toda certeza respecto a lo humano. Nos enfrentamos aquí al concepto freudiano de “lo siniestro”, esa familiaridad extraña y turbadora de los fragmentos, de los muñecos, de lo animado/inanimado, de lo que aún-no-es del feto o de lo-que-ya-ha-sido del anciano. Una inquietante extrañeza que hace emerger lo real desde los lugares más oscuros de la mente.